sábado, 28 de marzo de 2009

Burbujas.


Las veìa recorrer el cielo fascinada, mientras se encargaban de dar un ùltimo toque de misticismo y magia a una noche sin igual. Flotaban etèreas, casi tan livianas como la forma en la que la voz del cantante entraba por los oìdos de las 28000 almas que habìan esperado tanto ese momento que habìan convertido el aire en pura emociòn condensada, y costaba respirar.

Cada signo de vida, latido de mùsica, movimiento hecho arte era sorbido con devociòn, y todo lo que podìa desearse se volviò tan real que el anhelo se desintegrò en sudor y làgrimas.

Arengaban a cada nota para romper todo concepto que se tenìa del sonido: las ondas ya no eran ondas, el grito era llanto, el llanto era canto.

Y no habìa manera de creer que lo que sentìa estaba pasando.Atrapada en el màs verìdico de mis sueños, en un trance que me contaba la historia de una situaciòn que no podìa estar ocurriendo, en la màs bella burbuja que me elevaba màs allà del infinito que representaba ese escenario. Me vì volar, los vì volar, y todos soñàbamos entre estalactitas de ritmo.

Una guitarra que aullò, y un arcoiris eclèctico iluminò la escena.Y sòlo eso bastò para romper la delicada pompa de jabòn que cubrìa a toda una multitud, para que mientras la luz y el color se paseaban por sus sentidos entendieran que eso sì estaba pasando.

Era real, era ideal. Era la noche.

Làgrimas, voces coreando, y un momento superior a cualquier ficciòn a medida que la noche morìa para renacer en el recuerdo màs glorioso de todos.

Lentamente, el sonido fue apagàndose y la gente desvanecièndose, mientras en el aire, sòlo quedaban burbujas...




1 comentario:

Silvio dijo...

Tu narrativa fluye como el agua.

Saludos poderosos.